La ciencia vuelve a mirar a la Sábana Santa... y se sorprende


Un estudio revisado por pares concluye que la imagen del sudario no pudo formarse por pintura ni descomposición, sino por un fenómeno energético extremo.

Durante siglos, la Sábana Santa de Turín ha sido una de las reliquias más enigmáticas y debatidas del planeta. Conservada en la catedral de Turín, esta tela de lino de 4,4 metros presenta la tenue imagen de un hombre crucificado y, para millones de creyentes, representa el sudario funerario de Jesús de Nazaret. Para la ciencia, sin embargo, ha sido un objeto de misterio constante: ni completamente explicado, ni completamente refutado, suspendido entre fe, historia y física.

Ahora, una nueva investigación publicada en la Revista Internacional de Arqueología por el ingeniero químico Thomas McAvoy, de la Universidad de Maryland, propone algo que altera el tablero de juego: la imagen no se explica bien por pintura, quemaduras o procesos comunes de descomposición, sino que encaja mejor —según este análisis— con un estallido de radiación.

El estudio parte de un examen detallado de fotografías de alta resolución de la tela, tanto en luz visible como en fluorescencia inducida por ultravioleta. McAvoy aplicó técnicas de reconocimiento de patrones e inteligencia artificial para analizar cada píxel y observó que la información clave de la imagen se concentra en un solo componente, directamente relacionado con la intensidad de los píxeles. Cuando esa “mapa de intensidades” se procesa matemáticamente, produce un efecto de relieve casi idéntico al que décadas atrás revelaron dispositivos como el VP-8 —el famoso analizador tridimensional que en 1976 fue capaz de traducir la imagen en volúmenes

Eso es relevante porque ningún pigmento o señal de contacto directo (como pintura o marcas térmicas) puede explicar simultáneamente la frescura superficial de la imagen, su profundidad latente tridimensional y la ausencia de penetración más allá de unos pocos micrómetros en las fibras de lino. Según McAvoy, la radiación —de naturaleza aún desconocida, ya sea electromagnética, de partículas o incluso de origen termonuclear— es el único mecanismo capaz de producir ese patrón de intensidades sin dejar rastro de pintura o daño químico tradicional.

Este resultado no resuelve el gran interrogante —el origen temporal de la sábana, que en dataciones por radiocarbono de 1988 la situaron en la Edad Media—, pero modifica radicalmente la conversación sobre cómo pudo formarse la imagen. McAvoy mismo admite en su artículo que se necesitan pruebas directas sobre el paño para identificar qué tipo de radiación pudo haber estado implicada, algo que hasta ahora los custodios han permitido solo en muy contadas ocasiones desde los estudios de material de 1978.

Para quienes ven en la Sábana Santa más que una reliquia, este enfoque tiene un atractivo casi poético: la idea de que una transmisión de energía directa —quizá única en la historia— pudiera dejar una huella tridimensional sobre el lino encaja mejor con una “imagen milagrosa” que con un proceso natural conocido o una obra artística medieval. En diálogo radiofónico y foros especializados, este estudio ya ha encendido pasiones, debates y especulaciones sobre si lo que estamos viendo es un registro de un evento físico extraordinario, más allá de cualquier simulación humana.

No faltan, por supuesto, las voces críticas. Recientes estudios alternativos sostienen que la imagen podría haber surgido por formas de arte medieval —como en bajo relieve— o que sus características anatómicas no corresponden exactamente a un cuerpo real envuelto en tela. Aunque estos enfoques han sido refutados por parte de la comunidad de estudios de la Síndone, el campo permanece activo y sin consenso definitivo.

Y es aquí donde la investigación de McAvoy se vuelve especialmente inquietante para creyentes y escépticos por igual: no afirma tener la solución final, pero propone un mecanismo físico que desafía nuestra comprensión actual de cómo pudo formarse la imagen. Si la radiación fue realmente el agente, ¿qué tipo de evento físico podría generarla? ¿Un pulso energético desconocido en la historia humana? ¿Una fuente natural ignorada hasta ahora? ¿O algo que va más allá de los fenómenos científicos aceptados?

La Sábana Santa, con su mezcla única de historia, fe y ciencia, sigue siendo un territorio donde las certezas se desgastan con cada análisis. Lo que McAvoy ofrece no es una respuesta definitiva, sino una nueva puerta de acceso al misterio: una puerta que, si se abre, podría cambiar para siempre nuestra comprensión de uno de los objetos más estudiados y venerados de la humanidad.

En última instancia, el estudio publicado en International Journal of Archaeology nos recuerda que la ciencia, incluso cuando se adentra en lo más sagrado, no siempre elimina el misterio: a veces simplemente lo desplaza a otra dimensión, una mucho más luminosa… y desconcertante.

Fuente: Josep Guijarro - Año Cero


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